Un Linaje de Maestros
Un día llegó un estudiante ante su maestro y le preguntó, agitado: “¡Maestro, ayúdeme, por favor!” El maestro, curioso, lo miró y notó que venía temblando. “¿Qué pasó, querido hijo?”
“Tengo miedo, mucho miedo”, dijo el joven. “Hay unos hombres que me han perseguido hasta su puerta. Dicen que me odian, que me quieren destruir, así sea lo último que hagan en su vida. Dicen que yo no debo ser, que yo no debo existir.”
“¿Y por qué crees que ellos se sienten así?” “No lo sé, maestro, ¡no lo sé!”, dijo el estudiante, nervioso. “Respira profundo. Respira. Ve a tu alrededor y observa que todo está bien en este momento. Aquí estás seguro.”
El maestro prosiguió: “El odio que sienten hacia ti es el odio que ellos tienen hacia su propia esencia. El miedo que está debajo de su enojo es el miedo a su propia luz, a su propio poder. La fuerza de su ira está dirigida hacia tu destrucción, creyendo falsamente que eso los aliviará de su dolor.”
“Maestro, entiendo, pero sus palabras no me salvarán de su amenaza.”
“Escucha, hijo mío. El humano está confundido: cree que su miedo viene del mundo que le rodea, que su enojo es necesario para su protección y que su odio es requerido para eliminar aquello que le amenaza. Pero lo que no ven es que lo que están protegiendo es una mentira. Su ego, su falsa imagen de sí mismos, es lo que quieren que siga viviendo. Y están dispuestos a destruir todo aquello que amenace esa imagen. Esto los hace débiles, cobardes, manipulables.
No hay mayor fortaleza que la que se desarrolla al enfrentarnos a nosotros mismos, a nuestras mentiras. No hay alegría más profunda que la que viene de sobrepasar nuestros límites autocreados, esos que vienen de cuando éramos pequeños. No hay nada más grato que descubrir que por dentro somos indestructibles, que no hay nada que pueda tocar nuestro ser.
Así que, querido mío, voltea a ver los fantasmas que te han perseguido y descubre que solo estaban en tu mente. Aquello que pensabas que te perseguía era tu consciencia, que quería que pararas de destruirte a ti mismo. Aquella que creías tu enemiga era tu amiga, queriendo darte la paz que tanto buscabas.
Deja el miedo atrás, que no es un arma que te proteja, y toma la luz de la razón para eliminar la oscuridad de tu corazón. Deja la ira, y toma el carácter como escudo de tus principios. Deja el odio en la fogata de tu amor, para que se disuelva y se convierta en compasión. Deja de correr y descubre lo que eres. Deja de buscar para que puedas encontrar. La realidad nunca ha sido tu enemiga; la realidad es tu amiga.”
El estudiante, ahora sentado en el piso, lloraba al descubrir las ilusiones en las que había vivido. Después de unos minutos, levantó la cabeza y vio todo a su alrededor más brilloso, vibrante y presente. “¿Es así como usted siempre percibe, maestro?” “Sí, hijo mío. Esto es vivir presente, consciente y de frente. Esto es vivir en paz, con la consciencia tranquila.”
El estudiante se puso de pie, se acercó a su maestro, le dio un abrazo y le dijo: “En usted vive el amor, la razón, la compasión y la sabiduría. Algún día quisiera llegar a ser como usted.”
“Lo que has visto es solo una proyección de lo que tú eres”, le comentó el maestro. “Y al haber percibido lo que vive en ti, has marcado la hora de mi partida. Es tiempo de que yo deje esta tierra y de que tú tomes mi lugar en este templo. Ahora tú serás la roca de la razón y del amor, de la acción y de la paz en esta tierra.”
“No, por favor, no se vaya”, dijo el discípulo con lágrimas en los ojos. El maestro, con ojos llorosos, le respondió: “Hace mucho tiempo yo le dije las mismas palabras a mi maestro. Y al igual que él, con tristeza y alegría, partió, dejándome el lugar que ahora es tuyo.”
En ese momento el estudiante sintió una gran paz, y vio en una visión a todos los maestros de los cuales descendía y a todos los que seguirían. Ese fue el último regalo de su maestro. Al voltear, lo vio tomar su camino hacia la puerta y, antes de llegar, desvanecerse como una estrella fugaz, que ahora solo existiría en su memoria.
El ahora maestro se sentó en la silla donde siempre había visto a su maestro, y sintió la responsabilidad, el orgullo y el privilegio de poder ver, de poder amar, de poder crear. Cerró los ojos por días, aunque para él solo había pasado un momento. Los abrió cuando entró un joven corriendo, agitado: “¡Maestro, necesito ayuda de aquellos que me persiguen!”
El maestro bajó de su silla, abrazó al joven con todo su amor y le dijo: “Siéntate, hijo mío. Siéntate y estate en paz, que aquí estás seguro.” Y así pasaron los años, hasta que el joven se convirtió en maestro y el maestro se desvaneció caminando hacia la puerta, fusionándose en la fuente que nos creó.